Yo era muy joven.
Cuando leí por primera vez Macbeth tendría unos once o doce años y estaba por terminar mi educación secundaria (mis padres decidieron inscribirme a la primaria a los 4 años de edad; desde los tres años sé leer). En plena pubertad atravesaba por situaciones familiares tremendas, cosa que siempre trajo a mi personalidad una bola de marañas, algunas desagradables y otras aún más importantes.
Se me antoja enlistar una serie de características personales relativas a esa etapa de mi vida: una exquisita sensibilidad hacia los estímulos exteriores, es decir, en aquellos años siempre fui susceptible a la afectación sentimental, procuraba tomar las cosas de manera personal y siempre sintiéndome aludido por todo y todos, esta necedad estuvo acompañada de una inseguridad espectacular que, aunada con una supuesta capacidad perceptiva que consideraba sobrenatural y que, supuestamente, me distinguía de los demás jovencitos, me convertían en alguien capaz de alucinar todo el tiempo; también del proceso obtuve un pleno desarrollo de mi potencia imaginativa, y es que siempre trataba de concentrar mi atención en imaginar sucesos fantásticos para sustraerme de la crueldad y crear una realidad alterna, mejor o peor, de la que atravesaba; y para terminar con los grandes rasgos descriptivos de mi incipiente adolescencia que he traído a cuenta, debo mencionar mi intuición. La intuición.
Volubilidad, sensibilidad, psicosis, imaginación, inseguridad e intuición, son, en términos generales, el resultado de esa etapa. ¿Ya mencioné que por estos años leía a Macbeth? ¡Ah, claro, sí! Y esto viene a cuento porque esos personajes shakesperianos siempre tuvieron que ser imaginados por mí como seres muy parecidos a mis padres, tías, hermanas y amigos de mi vida.
Siempre recuerdo a Macbeth a partir de una escena descrita por Shakespeare donde la atmósfera es muy fría y desamparada y que en mi memoria envuelve al resto de la pieza:
En un páramo, lugar sumamente frío y desamparado, cerca de Forres, donde se encuentran las brujas, Macbeth y Banquo.
Quiero intentar recordar lo que sentía cuando leí esa escena: susto. Sin embargo, hoy me parece fascinante, porque no hay nada mejor que estar desamparado y solitario, pues desde esta perspectiva, uno puede crear compañías y calentar atmósferas.
En fin, a ese páramo de mis recuerdos llegaron mujeres colegas profesoras de mi madre que todo el tiempo hablaban entre sí con enigmas, con referencias que no alcanzaba a comprender del todo y que siempre me embrollaban. No obstante, permitirme estar confundido a esa edad y encontrarme en medio de tan cruel situación era lo menos deseado, así que tuve que explicarme todo desde mi imaginación, planteaba preguntas que no tenían respuestas: ¿por qué estas brujas hablan frente a mi como si creyesen que no las escucho?, ¿qué se están tratando de decir?, ¿qué me están tratando de decir?, si es que ellas entienden que sus charlas me impactan, me intrigan, ¿por qué nunca me hablan claro?, ¿donde está mi padre?, ¿dónde está mi madre?, ¿por qué parece que ellas saben más de lo que yo sé?, ¿por qué juegan conmigo, es decir: conmigo? Yo ambicionaba mucho.
Esas preguntas, sin duda, las dejé sin respuesta (aunque siempre estuve en una incesante búsqueda de soluciones). Responder. Hoy lo que busco es la explicación a esas incógnitas, sino que anhelo construir mis preguntas. Tengo mucho que preguntarme y ellos no me contestarán lo duro que fue mi situación, porque no lo hicieron en aquellos años. Macbeth nunca debió darles tanta importancia a las Brujas, porque se trataba de ser él mismo, autónomo, auténtico, sin ambicionar la certeza del futuro y capaz de no ser del otro. Se trataba de evitar pócimas y de promover decisiones propias. Me río al pensar que qué bueno que lo hizo, que fue presa de ellas, pues si no lo hubiera hecho, no tendríamos material para hablar de la condición humana y de sus tentaciones.
Las brujas son las encargadas de manipular la vida de Macbeth, a través de sus metáforas-intrigas-revelaciones, se convierte en presa fácil de las brujas para que así ellas se diviertan y nosotros disfrutemos del drama. Aquí viene lo bueno,
Banquo.- Esa confianza que mostráis podría enardeceros hasta la corona, además de la baronía de Cawdor. Pero…, es extraño: a menudo para llevarnos a la perdición, los agentes de las tinieblas nos dicen verdades, y nos ganan con simples pequeñeces para arrastrarnos a los peores resultados…
Al paso del tiempo y cuando yo creía que las cosas iban madurando, daba los primeros pasos para distinguir la sincera realidad, de mis idealizaciones. Para ello me sirvió la intuición. Muchas fueron las tentaciones y considerables las caídas que tuve. Parecía que esas brujas, mis tías y mis primas, eran una especie de agentes demoníacos conferidos a desestimarme y confundirme. Mi psicosis me hacía creer en lo que no era importante, asumir lo que aún no ocurría y funcionar a partir de estas invenciones e idealismos.
Caí en la trampa, siempre hubo algo más detrás de los actos de mis padres y de los actores involucrados en los conflictos. Actores. Nunca puse atención en las sutilezas, y en cambio me concentré en lo que creí que era lo más dañino para mí. La inseguridad y la ambición performática por las mejores calificaciones en la escuela fueron signos de desenfreno. Búsqueda de posesiones. Decir algo desde otro lugar, desde alguien más, porque yo no valía, no contaba, no decidía, entonces tenía que desprenderme de mí, ser alguien más, pretender. Actuar. Ese alguien más, era el alguien de los otros o como los otros, pero no el que yo quería ser. Negación, para la afirmación performática. Actuación: yo actúe muy bien.
Mi padre se fue de la familia, pero parece que nunca estuvo. Esos momentos fueron muy duros. A Macbeth le dijeron que iba a ser rey, “¡Salud, Macbeth, que has de ser rey!”, a mi me dijo mi madre que ella sería mi padre también. Y si nos ponemos rigurosos, yo quería ser padre, demostrarle de lo que era capaz. Actuación. Sin embargo, me era más fácil ser hijo de mi madre-padre. Mi madre sería mi padre, eso creí, eso entendí, eso me trae aquí. Pero sólo fue una sutileza. No me corresponde lo que ambicionaba. No debí haber permitido que mi madre me hiciera desear lo que no era para mí, lo que yo no debía de ser. Supo actuar mi madre.
Nunca me separé de ella; todo el tiempo buscó aconsejarme. Ella en el fondo asumió una posición tajante y la defendió frente a mi padre, por lo tanto me la contagió. Tú debes saber de lo que hablo. Es una especie de enfermedad. Definitivamente una manipulación que trastocó mi vanidad y me hizo añorar un trono que no me correspondía. “¡Barón de Glamis y de Cawdor! ¡Aun falta la más grande!...”. Me sublimó, me hizo sentir hombre y, por lo tanto, enamorarme de mí al grado de ambicionar todo lo posible. Mi madre me sedujo, me habló desde ella y para ella. Nunca tomé una decisión, siempre estuve a donde me llevaban las tormentas. Todo el tiempo quise evitarlas, recapacitaba, reflexionaba, pero pudo más mi emoción que me creí rey de Escocia. Nunca lo fui. No lo seré. No quiero serlo. A mi madre no le convenía seducirme con el poder, porque terminó perdiendo. Hoy la compadezco. Tú sabes de eso.
Mi padre es el trono incorrespondido y no correspondiente. Es él, no le corresponde, lo tiene y el trono no existe. No correspondiente porque no le pertenece a nadie, no hay tal proceso de correspondencia, o sea, que el poder es una puta sin dueño. Paga por ver. Tú sabes de eso. Una puta sin dueño: era el trono relleno de fantasía. Un reino que no me corresponde es un reino que puede ser ambicionado. Lo ambicioné y perdí. Mi intuición todo el tiempo me dio lata. Mi intuición fue Dios diciéndome que era un niño especial, poderoso, muy diferente y superior. Yo hablé con él y él me confirió el mal del sueño. Actúe para mí mismo y ahora me termino de dar cuenta. Imaginación.
Simples pequeñeces, sutilezas del destino, de la infancia. Revelaciones veladas. Develaciones fantásticas. Espasmos de la conciencia. Mi diferencia con Macbeth radica en la oportunidad que tengo de revelar los deseos prescindibles, para soslayarlos y así, reflexionar para descubrir lo que no tengo, lo que no ambiciono, lo que no me corresponde, lo que no debí asumir, lo que no debí ser, lo que quiero ser. Sí él perdió el sueño, yo gane al sueño mientras despierto. Duermo y sueño, despierto y sigo soñando. Sé que estoy soñando. La indecisión es mi fortaleza y posiblemente mi castigo. Pero como el sueño, la indecisión no me agarra dormido y juego para perder o ganar, no importa el resultado, porque no siempre se puede ganar, así como no es definitivo perder. Busco la realidad del sueño. Busco el sueño de la realidad.
¿Quién desaparece? Mi padre está moribundo, debo conseguir su muerte y debo plantearme al verdadero; ¿para qué?, para reconciliarme con el que no está idealizado, el que no imaginé por impulsos de mis fantasías, con el que definitivamente no está en la ausencia del sueño de Macbeth, sino en la gracia de estar despierto y verlo. Perdono y me perdona por no haberlo comprendido. Lo amo, y me ama.Todo parejo: hay que ser honestos y definir responsabilidades al mismo tiempo para anular las culpas.
Eso sí: quiero ser padre: quid pro quo.